Mi lado de la cama

Disfrazó de indiferencia el desengaño. Se arrepintió de no haberle dicho tantas cosas que pensaba y lamentó, especialmente, que él no pudiera ver cuánto se había quitado la careta. Tal vez eran demasiado parecidos, demasiado acostumbrados a dejar que fuera el otro el que primero diera su brazo a torcer.

Era difícil verbalizar que empezaba a necesitarle. Explicar que, tras tanto tiempo de paz y calma, él había sido un jodido revulsivo oculto tras una mirada de infarto. Pero le había hecho algo horrible: obligarle a salir del cascarón, arrancarle la coraza a mordiscos con una iniciativa y una naturalidad envidiable para luego negarle el contacto.

Aparecer pero no abrazar, vacilar pero no compensar, vivir contenido. Le había dejado a ella el papel de tirar, y ella jamás tiraba. Se angustiaba, le invadía el insomnio y hubiera matado por una sola muestra de.

Ojalá. Porque él era el primero de algo. 

magia

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