Pequeñas sonrisas con importancia

 

 

Un amigo al que aprecio me dijo hace algunos días que echaba en falta que escribiese. Lo cierto es que mi ritmo de vida me va dejando poco tiempo para algo que me fascina pero que también me obliga a enfrentarme a este espejo constante que es el blog. Sin embargo, siempre es un gusto volver.

Mi vida ha dado un sinfín de vueltas en los últimos meses. La cama llevaba demasiado tiempo sin echar en falta tu aliento. Las sábanas hacía meses que no se revolvían buscando tu piel y tus jugueteos nocturnos, siempre a regañadientes, con el sueño. Habían sido unos meses de hielo, de disciplina y de confusión donde otras fichas habían intervenido para generar un clima inhóspito, un ambiente que a punto estuvo de caldearse y de llevarnos prácticamente al ardor en más de una ocasión y que culminó con esos pies, de nuevo, entrelazados bajo el edredón. 

Quienes conocen del deseo de hincar el diente a la vida y extraerle todo el jugo podrán comprender a un servidor que, si en ocasiones se encuentra insatisfecho, tiende a exigir más. “Porque las posibilidades de la vida son infinitas y hay que ser inconformista”, solía decir quien ahora suscribe. 

La realidad, sin embargo, se presenta a veces más tozuda, más rutinaria pero no por ello menos maravillosa. La distancia, las millas milagrosas que separan ese otro universo capitalista donde las banderas son religión y el tacto es el sentido más deficitario, fueron el mejor antídoto. Un lugar y un tiempo suficiente para intuir que hay jugadores en esta partida activos y pasivos y que, en cierto modo, figura implícito en las reglas del juego no querer alterar los roles aunque pudiéramos desearlo.

A los activos, por tanto, nos queda no sucumbir ante ese tentador tentáculo que es la paciencia, que da alas a nuestra elucubración sobre condicionales y sobre pasos que, la realidad así lo demuestra, no van a darse si el otro jugador no ha iniciado el movimiento aún. En el otro lado, hay partidas que siguen abiertas, que tal vez se alejaron para ser vistas con la perspectiva del experto jugador del Monopoly (que dedica horas a saborear el placer de su dinámica) y que, si uno abre los ojos lo suficiente, verá que están plagadas de las complicidades de conocer al rival y de las excentricidades de saber qué es lo que más ansía.

Juego de poder es la vida y el amor, donde, volver a escribir en este diminuto espacio ya es una declaración.

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