Elogio de la cotidianeidad

El surco que deja tu taza de desayuno en la encimera. La manta que agarras al dormir y que retiras de mi lado. Los dedos de una mano que rozan, casi por casualidad, otra mano. El jabón de la ducha que se queda siempre abierto. Esa manera de hablarnos sin mediar palabra y de usar las miradas como súplica, ruego, complicidad o reclamo. La sonrisa que precede cada broma que haces. Las preguntas que quieres hacer pero que se mantienen en el tintero y que, hacen de lo nuestro, algo infinitamente más interesante.

El abrazo que a veces llega y otras, permanece como una espera para hacernos sentir vivos. Esas manías mías que conoces, y no sólo toleras, sino que te gustan. Las vistas nocturnas que hemos compartido y todas esas otras noches en las que no había nada que ver fuera que superase la intimidad de una habitación. Las horas de espera, los reencuentros, las estaciones de tren, las visitas sorpresa y todas esas cosas que nos quedan por vivir.

El amor no sólo es pasión, sino también ese elogio de la cotidianeidad. Por esos incisos, esos intermedios, esas paradas para respirar y esos momentos que siempre suman.Image

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