El mundo es un lugar para soñar

La vida, a veces, nos pone ante tesituras que no controlamos. Ante puertas que no deberíamos abrir o trenes que no deberíamos coger, pero que, con frecuencia, son lo más divertido, extraordinario y risueño de nuestra existencia.

La capacidad para improvisar una palabra, un aliento, una sonrisa, un roce de afecto casi desapercibido en una maraña de bromas y banalidades es lo que activa el espíritu. Lo que ayuda a la imaginación a volar y, como dice mi película de infancia preferida, a dejar respondida la pregunta de: “¿confías en mí?”

El mundo nunca es suficiente, medirse y apelar a la prudencia es absurdo y, en ocasiones, cuanto más queremos, cuanto más nos negamos que queremos, más se difuminan las referencias entre lo que decimos y lo que sentimos.

Por suerte, siempre nos queda el silencio y la rotundidad de mirarse a los ojos. La tracción (y atracción) más fuerte e irrefrenable sobre la faz de la tierra. Y que no se acabe jamás.

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