No es por maldad, lo juro

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Somos egoístas por naturaleza, nos negamos en rotundo a renunciar a lo que queremos. Aún cuando conscientemente soltamos lastre, nuestros anhelos, nuestros deseos más secretos aparecen empañados tras el cristal del sueño y nos recuerdan el rumor que nos vio amar. 

Entonces blasfemamos, prometemos por Dios, nos decimos que no, que el corazón no sabe más que la cabeza. Y entonces la cabeza, ella también, entra en bucle. La diferencia (grande o pequeña) entre la vida que vivimos y la que querríamos vivir. La barrera de la libertad, los sacrificios, los celos, lo que no pensamos ceder de nuestro terreno y las presiones ajenas siempre van a estar ahí.

Debemos ser nuestra absoluta prioridad, aunque cueste. Y no renunciar a nada. La vida ya se encarga sola de dificultarnos a veces el camino. Cojamos un atajo. 

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