El mundo que me rodea al que no pertenezco

Este no es un buen post, ni siquiera un post interesante, así que si eso es lo que esperas metiéndote en esta página, te invito a abandonarla. Si te va la fantasía, lo cotidiano inusual (que en buena literatura denominaríamos realismo mágico) te abro la puerta a mi universo. Al universo al que no pertenezco. Bienvenido, y gracias por ser surrealista. 

En el lugar donde habito, hay especímenes dignos de un análisis profundo. Es evidente que no resido en un lugar normal, sino en un planeta alejado de lo cotidiano y necesario. Las dificultades para llegar a fin de mes eran un concepto totalmente ignorado en esta aldea tan poco representativa, aunque si algo positivo ha tenido esta crisis económica que atravesamos es que gracias a que ha decidido ser transversal, atacando sin miramientos a todas las partes de un sistema que empezaba a oler mal, incluso en este lado del mundo ya se empiezan a hacer números para llegar a fin de mes. Unos números bastante elevados, tampoco nos engañemos. 

Decidí hacer una pequeña investigación de campo esta mañana sobre mi mundo. Para ello, como si del detective Flanagan se tratara, elegí un campo lo más neutral posible: el deporte. Pensé que en el deporte no cabrían consideraciones ideológicas o clasistas -pues, al fin y al cabo, todos sudamos igual-, reflexioné. A continuación, se adjunta el resultado de mis estudios:

Hay dos tipos de formas de hacer deporte en este universo al que, por preservar en el anonimato, denominaremos “Castillos Movedizos”. Claramente yo formo parte del primer compendio, la minoría -por fortuna no demasiado minoritaria-. Nos caracterizamos por salir a correr, en la bicicleta o a pasear vestidos con ropa deportiva (esto no tiene por qué implicar forzosamente indumentaria muy PRO, basta tener mallas y camisetas blancas y una buena sudadera a la que no le ofenda mancharse), con la cara lavada y el pelo de cualquier manera. 

Sudamos sin reparo, somos algo competitivos cuando reconocemos a un miembro de nuestra misma especie y, los más osados, no entendemos el deporte en Castillos Movedizos si este no implica encontrar un nuevo camino cuando vemos que el habitual está ya oxidado de nuestros pasos o pedales. Solemos acabar en algún pueblo cercano al que se llega pasando calamidades de barro, cotos de caza, entradas prohibidas o al menos no recomendadas y riesgo de ser mordidos por perros (yo mismo como autor de la investigación he podido comprobar en mis propias carnes que los perros atacan sin piedad en un par de ocasiones). Pero no penséis que somos unos sufridores de nuestra causa, todo en esta vida tiene recompensa. Si tienes suerte, puedes toparte con una ardilla, caballos salvajes e incluso algún jabalí despistado. 

Y luego están los Otros (respetaré de aquí en adelante la mayúscula para describir a este grupo, como homenaje a la filmografía de Amenábar). Los Otros salen vestidos de punta en blanco (la sudadera o polo deportivo sólo están permitidos si lo decora algún nombre propio en letras cuanto más grandes mejor, aunque este reconocimiento tan visual no se lo hayan hecho jamás a su propia madre), en grupúsculos de mínimo dos personas, a menudo cogidos del brazo y con la única concepción del camino más evidente; la denominada “pradera”. Esto es un hermoso paseo entre árboles perfectamente cortados convenientemente, por un camino que forma una línea recta casi matemática y que culmina en ambos extremos en dos parques circulares donde hay columpios de esos en los que no se puede jugar. 

Siempre he pensado que, deduzco que fruto de incrementar la seguridad, progresivamente los columpios tienden a ser cada vez más aburridos. Rara vez se ve ya ningún sube y baja de esos altos en los que auténticamente se subía y se bajaba e impresionaba, aquellas estructuras de hierro de construcción vertical que se disfrutaban para emprender arduas misiones de escalada en mi infancia se han desintegrado y, de lo poco que se conserva, los toboganes, la caída es tan poco excitante que ya no implica, por supuesto, ningún riesgo pero tampoco levanta absolutamente ninguna pasión por deslizarse por su ladera. 

Disculpad que me desvíe, esta apreciación tan personal no debería tener cabida en mi investigación. Hablábamos de los Otros. En fin, eso, los Otros se pasean perfectamente decentes durante un rato, sin sudar ni una gota, y regresan al redil donde se relamen y reconfortan por haber hecho deporte y disfrutado del lugar en el que residen todo a la vez. 

Yo no lo comprendo, ¿y tú? Si la cosa sigue siendo así, tal vez tenga que prolongar mi investigación a otros campos para tratar de entender mejor. Lo incomprensible siempre me ha apasionado.

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