Demos noticias buenas

Tenemos un claro déficit de buenas noticias últimamente. Basta con encender la radio, leer el periódico o dejar de fondo esa televisión que acompaña mientras hacemos la comida para oír palabras tan desagradables como “crisis”, “paro”, “políticos” o nuestra ya archienemiga “prima de riesgo”. En lo personal, también estos días han tenido algo de déficit de alegría o de buenas nuevas. Las cosas, si se fija uno en ellas, empeoran. Sin embargo, hoy es un gran día y lo es porque, a pesar de todo, soy capaz de mirar las cosas buenas (y las personas en este caso).

Ha habido dos capítulos con nombre propio que me han ayudado a sobreponerme a lo demás. Los contaré por orden  cronológico y, en este caso, dejo para el postre lo mejor. 

Tras varias horas de trabajo, con un estado anímico bastante mejorable, me he decidido a abrir el mail de la Universidad de Valencia, donde estuve cursando una beca Séneca que ya acabó y más por curiosidad por si me han cerrado ya la cuenta que por otra cosa. Abro el correo, que efectivamente seguía activado, y encuentro entre la habitual basura publicitaria universitaria algo que llama poderosamente mi atención: un mensaje del mejor profesor que he tenido este año y con el que más he aprendido con el asunto “Felicitación”. Al abrirlo, me encuentro con esto:

 

Hola Laura:

Te he escuchado hoy en el telediario y he reconocido tu voz. La noticia
ha quedado muy bien y para mí ha sido una gran alegría. No sabía que
estuvieras haciendo la beca en TVE.
La verdad es que tampoco me extraña por tu formación y gran talento. La
matrícula de honor que lograste en la asignatura estaba más que
justificada…

¡Enhorabuena¡

Saludos,

XXX (aquí omito el nombre del profesor, porque no sé si desea ser nombrado)

 

Como puede imaginarse cualquiera, los ojos se me han empañado de lágrimas en mitad de la redacción. El hecho de que una persona que te ha dado clase sólo cuatro meses de su vida, que trata con cientos de alumnos cada año, te recuerde y no únicamente eso, sino que tenga el gran mérito de, en una pieza donde no se me ve y que no está firmada, reconocerme exclusivamente por la voz (voz que no identificaría aislada en un informativo ni siquiera mi madre) es algo que supera mi concepto de la condición humana. Un profesional inmenso excelente en su trabajo que además tiene en cuenta a sus alumnos y es capaz de lanzarse al teclado para dejarle a uno unas palabras tan hermosas.

Bien, lo profesional se compensaba un poco. Había tenido un mal día y estaba cansada pero alguien valoraba lo que intento hacer muy por encima de lo que realmente vale. Además, se trata de una persona que para mí importa. ¿Qué pasaba con lo personal? Necesitaba un abrazo, una palabra de aliento, un las cosas saldrán bien, un no puedes decidir por los demás. No lo encontraba.

Hace sólo 10 minutos que entraba por la puerta de casa cuando he visto una carta encima de la mesa de mi cuarto (una sensación única en la vida). Me he asustado en un primer momento, venía sin remitente y la letra de la dirección me recordaba mucho a otra familiar. El corazón se me salía por la boca. Entre intrigada, ansiosa y asustada la he abierto, y me encuentro con un regalo imposible: un abrazo en forma de postal

Un mago de las distancias había subido en un avión un sobre con unas palabras niponas. En ellas, esas letras que habían viajado desde algún punto de la península japonesa desconocido hasta mi cuarto en Madrid, hay un argot que sólo dos aliados pueden entender, una disculpa por haberse perdido algún capítulo de mi vida, una aventura que se intuye tras palabras como “alucinante”, “guías”, “equivocadas” y “pedacito de papel japonés”, un agradecimiento por tenerle siempre en mente y, lo más importante, “¡Un mega-abrazo!”

No lo dudes amigo, “así podrás guardar estas palabras contigo por siempre”. Soy muy afortunada, no olvidaré jamás este detalle. El día de hoy suena de principio a fin así; hermoso, bucólico y plagado de complicidades. 

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