¿Cuál es la escala de los valores vivos?

Si fuese objetiva, quizá no habría problemas. Pero no lo es, y cada quien es dejado al socorro de sus propias fuerzas. Supongamos, hipotéticamente, que esa escala es objetiva y que el sumo grado del ejemplar humano lo alcanza, digamos, Leonardo da Vinci. El hecho debería ser alentador, pues existe, sin duda, menos diferencia entre Leonardo y el hombre corriente que entre el hombre corriente y un chimpancé.

Sería más fácil, para el hombre corriente, acercarse a un gran artista que a un simio. Pero he aquí que aparece un buen cristiano y nos dice que hay menos diferencia entre el hombre corriente y Jesús que entre este y Leonardo. ¿Sería más fácil, entonces, acercarse al modelo Jesús que al modelo Leonardo? ¿O se trata, en realidad, de dos líneas de valor que se excluyen? El hecho es que se toma al hombre corriente como presupuesto de ambas, y que a ratos uno quiere acercarse a la posibilidad Jesús y a ratos a la posibilidad Leonardo. 

La línea del propio valor se vuelve quebradiza;cinco días de Leonardo contra tres de Jesús. ¡Si todas mis fuerzas pudieran dirigirse a una u otra meta, sin cejar! ¿Y por qué no dirigirlas todas a la meta chimpancé?, me dirá un amigo irónico. Es más fácil descender que ascender, y aunque haya menos diferencia entre tu persona y las de Jesús y Leonardo, que entre tu persona y un chimpancé, llegarás más rápidamente a asemejarte a este que a aquellos. Claro que estas ideas no se expresan de manera tan brutal. 

Decimos, más bien:”No basta el curso del tiempo para alcanzar la perfección. El tiempo, en realidad, solo nos aleja de la perfección original”. Ergo, nos dejamos caer hasta el chimpancé so pretexto de que en el fondo vamos a encontrar nuestro Super-Ser olvidado y original. Pues esto es lo que comúnmente pasa por progreso -digo, por “progreso” espiritual más que material: este se contenta con propósitos muy simples, demasiado seguros de su esencial bondad para justificarse-: la búsqueda de una meta que, no siendo ni Jesús ni Leonardo, solo puede ser el chimpancé, pero el chimpancé disfrazado de buen salvaje, de Sigfrido, de comunista original, de Escipión el Africano o de Josué con aspiradora eléctrica. 

El progreso debe encontrarse en un equilibrio entre lo que somos y nunca podremos dejar de ser y lo que, sin sacrificar lo que somos, tenemos la posibilidad de ser -Jesús, Leonardo o un chimpancé-. 

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