Vértigo placentero

Camina de frente con esa sonrisa inconfundible. Esa que cambia el mundo. La luz del atardecer cae sobre sus hombros pero no pesa, resulta vaporosa en la escena. Está lejos de casa pero en una ciudad que no deja de ser la que le pertenece. Busca el sueño de una vida, una vida a la que le pedía amor y se vio desbordado.

Era imposible ser más feliz, y eso que siempre tenía un millón de motivos para quejarse de todo. Hasta que cruzaron los ojos un día, cuando a él le rociaba el sol poniente y ella dejó caer una pista que ni siquiera supo que lo era, pero lo era. A partir de entonces la luna fue su compañera, los recuerdos les plagarían de presente, las escaleras serían aquellos territorios de tiempo muerto donde congelar los miedos y entregarse a los besos. La metáfora continuó después con los autobuses, en los que el sabor del penúltimo beso era amargo semánticamente pero salado por el gusto de alguna lágrima despistada que acaso no había entendido que todavía no era momento.

Menudo vértigo placentero.

Los Cortázar en París

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2 respuestas a Vértigo placentero

  1. belu dijo:

    deja de escribir tan bien y ven a hablarme en persona!!! hay una obrera lilloise encerrada en una fabrica de douai que tiene muuuuchas ganas de verte!!!

    • Belumeponeon dijo:

      Menos mal que no tengo sentimientos si no, me habría llegado a la patata.
      PD: la tal “Belu” esa tiene que estar tela de buena.

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